En Memoria de George Floyd

Mientras el sol se alejaba tras una eclipsante cortina de nubes grises, mi novio Alan y yo nos sentábamos en una cafetería para observar el atardecer. El día había sido de ensueño, puesto que lo único que hicimos fue salir a dar un paseo por el parque tras una larga cuarentena debido a un virus respiratorio altamente contagioso.

Todo era risas hasta que entramos al café ubicado en una esquina del centro de Minneapolis, no por lo que se veía adentro sino lo que ocurría afuera.

Mientras Alan ordenaba un late yo me encontraba en una barra que daba una vista espectacular a través de unos vidrios que lucían como nuevos por la desinfección de los establecimientos durante la pandemia. A través del cristal, se podía observar como un hombre de piel oscura estaba siendo interrogado por un oficial de piel albina. Al principio pensé que era de descendencia nórdica pero tan pronto el policía miro hacia la cafetería, sus penetrantes ojos azules me hicieron pensar que el había nacido aquí en Norteamérica.

En realidad, el no estaba mirando a la cafetería, solo estaba mirando otra patrulla que estaba por venir a socorrer lo que hasta el momento pensé era un evento peligroso. En ese momento entra una voz a mi oído “¿Laura, Laura te estoy llamando quieres leche de almendras o de soya?” dijo Alan mientras me señalaba la línea detrás de el con un movimiento de cumbamba. Yo estaba tan concentrada en la escena afuera que le dije cualquiera. Mientras tanto el oficial y su compañero se disponían a bajar al hombre de color del carro, me preguntaba si ese hombre traía un arma o drogas. Es inusual que te paren en una esquina tan concurrida y mas después de una larga cuarentena.

Para mi sorpresa los oficiales se apresuraron a esposarlo sin el oponer ningún tipo de resistencia. De repente un brazo me bloquea la visión, “Late con leche de almendras,” con una sonrisa Alan lo puso en el mesón. “Espera que no puedo ver” dije, Alan ofuscado me hizo un gesto de no se que te pasa Laura. En ese momento le dije mira al frente, esposaron a ese señor sin razón. Yo usualmente soy muy observadora y tranquila, por el contrario, Alan es un poco impulsivo y muchas veces sobrepone la defensa de injusticias sobre nuestra relación. Hace dos anos cuando recién lo conocí, un borracho estaba maltratando a un perrito y mientras me trataba de dar un beso en una oscura calle de Nueva York, se lanzo contra el borracho que minutos después termino arrodillándose ante el maltratado puddle Max que ahora vive con nosotros.

Mientras Alan observaba le conté lo que estaba sucediendo al frente. El no lo podía creer y pronto su sangre hervía mas que el agua en su café de origen. Lo pude ver por el engrandecimiento de sus ojos miel.

Sin preguntarme nada Alan se lanza a la escena mientras el hombre esposado es arrastrado hacia la patrulla. Al lado de esta sin oponer resistencia el hombre esposado simplemente cae, como las lagrimas que terminan en el asfalto como un llamado a la inocencia. Cuando Alan se acerca un policía lo detiene y lo amenaza con esposarlo también, en ese momento logro detener a Alan y convencerlo de que la violencia genera mas violencia que se calme.

Mientras tanto el hombre de dos metros tendido sobre el suelo estaba sangrando un poco por la nariz con una vista limitada al pavimento. No obstante, el oficial blanco recuesta su rodilla sobre el cuello del inocente hombre. Mientras nosotros no podíamos hacer mas que ser espectadores de una injusticia. Los minutos pasaban y el hombre clamaba por aire, aire que parecía no poder pasar de su garganta la cual encontraba limitada a la asfixiante presión de la fuerte rodilla del oficial.

Estábamos entre la espada y la pared impotentes la fuerza publica. Lo único que pude hacer mientras Alan discutía con estas personas indolentes fue grabar cada minuto de lo ocurrido. Los segundos transcurrían y la voz de este hombre se iba desvaneciendo como la luz del día que estaba por culminar.

Al cabo de dos minutos mas, ni una voz, ni un lamento ni un sonido. El impotente hombre había sucumbido.

Sin una señal de vida de ese pobre señor, el policía seguía conservando su rodilla sobre su cuello como si lo disfrutara. Todas las personas que fuimos espectadores de esto no lo podíamos creer, los gritos de repudio aumentaban al mismo tiempo que el sonido de una ambulancia se acercaba. En ese momento pensé en lo que le había dicho con anterioridad a Alan, “la violencia genera mas violencia,” sin embargo la injusticia también genera mas causas injustas.

Alan no tuvo reparo alguno en dejar unos insultos para estos personajes que se jactan de defender la ley y el orden, mientras yo no escatime en los cinco minutos que grabe en mi teléfono móvil a un indefenso hombre tendido en el suelo.

En ese momento pude analizar que era entendible si para el policía hubiera sido cinco o diez segundos para tomar una decisión acerca del peligro que este hombre, pero nunca hubo violencia y fueron poco mas de trescientos segundos. Si ese no es matar por placer gente inocente que alguien me explique que es eso. Me sentí tan vulnerada que esto lo haga la fuerza publica, esos que pagamos para que nos defiendan.

Si Alan o yo hubiéramos hecho lo mismo tal vez hubiera tomado menos de cinco minutos para estar dentro de una patrulla hacia prisión, o quien sabe tal vez tirados en el suelo esposados atrapando las ultimas inhalaciones de aire antes de morir por una rodilla tirana. Así como paso con George Floyd un inocente afroamericano vulnerado hasta el ultimo suspiro de su vida.

Un comentario sobre “En Memoria de George Floyd

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